Agradecimientos:
A mi querido padre, Manuel Corazón, Notario, quien me enseñó y de quien aprendí el valor del trabajo y el sentido jurídico
y a mi madre, Ana María Corazón, que nos dio toda su vida.
A todos mis hermanos. De los nueve, seis somos juristas.
A mi hermano Ricardo Corazón, Abogado, mi compañero, por su asesoramiento, revisión, ánimo y rica y valiosa colaboración.
A mi hermano Juan José Corazón, Doctor en Derecho Civil y Canónico, Profesor y Abogado y, después de todo ello, Sacerdote.
Su tesis sobre la libertad religiosa y la dignidad de la persona humana aumentaron en mí el conocimiento de la Iglesia, la esposa de Cristo.
A mi hermano Francisco Corazón, -¡cuánto hemos compartido juntos a lo largo de estos años!-, Ingeniero Industrial
y a su hijo, Jorge Corazón Monzón, Ingeniero de Telecomunicaciones, pues sin la ayuda de ambos mi Tesis original hubiera sido imposible.
A mis hermanos Ángel, Julio, Manuel, Alberto y José Luis, por su ayuda y todo lo que hemos compartido.
Y a tantas y tantas eminencias, que ya están en la otra vida y no hay quien los sustituya, por su excelente dominio del latín.
Sin ellos, hubiera sido imposible traducir al castellano tanto latín medieval, eclesiástico e incluso con abreviaturas, que
han exigido profundos conocimientos incluso de paleografía. Con documentos, que se incorporan a este texto, que son inéditos y de inestimable valor.
De entre esos expertos latinistas, merecen mi especial reconocimiento y agradecimiento, el padre Carlos María Landecho, S.J.,
el padre Manuel Iglesias, S.J., Don Gregorio Vadillo, buen compañero, canonista y Don Rafael Asenjo Jordán, sacerdote numerario del Opus Dei.
Y, por último, a todos los que me han ayudado a lo largo de mi carrera profesional, haciéndola posible.